Hoy desperté con muchas cosas que decir, no sabría explicar con exactitud qué, pero tenía mucho esperando salir. Así que no desperté sola, ellas, todas esas palabras con ansias de vida, me despertaron para recordarme que a las 5 de la mañana no eres bienvenida ni en el auricular de la facultad ni en el del mejor amigo.
En verano, las 5 de la mañana es una buena hora para escuchar el silencio a todo volumen; en invierno nada es predecible, las 5 de la mañana es la hora en la que te das cuenta que las cosas dejaron de ser lo que deberían y son lo que siempre fueron, vistos sin rellenos ni marcos, vistos a plenitud. A las 5 de la mañana sólo queda cerrar los ojos y engañar a una inteligencia adormecida, esconderte bajo una fría almohada, amando que esté fría y odiando que esté sola.
De pronto, con los ojos cerrados y plenamente despierta empecé a ver todo un poco más claro, me ví tumbaba en la cama, dando la espalda al techo, aferrándome a una suavidad blanca complétamente inerte que lejos de acompañar, adorna la soledad. Me ví pequeñísima y con infinitas ganas de salir corriendo sin rumbo, conmigo de la mano a descubrir la razón de un desvelo que promovería tal vez una sonrisa a media mañana, tal vez un cansancio duradero. Poco importaba.
Supongo que me cansé de tener los ojos cerrados y clasificar los sonidos que morían antes de nacer, así que, un poco más tarde de lo habitual desperté para quedarme en el invierno. Al salir de casa mi invierno estaba donde lo había dejado la noche anterior. La misma calle húmeda sin vecinos madrugadores, el mismo árbol de la esquina que aunque no me corta el paso me gusta rodear. A lo lejos, dos deportistas con mallas. Sonrío relacionando “transparente” y “ajustado”.
…un día más, uno menos después de todo.
En verano, las 5 de la mañana es una buena hora para escuchar el silencio a todo volumen; en invierno nada es predecible, las 5 de la mañana es la hora en la que te das cuenta que las cosas dejaron de ser lo que deberían y son lo que siempre fueron, vistos sin rellenos ni marcos, vistos a plenitud. A las 5 de la mañana sólo queda cerrar los ojos y engañar a una inteligencia adormecida, esconderte bajo una fría almohada, amando que esté fría y odiando que esté sola.
De pronto, con los ojos cerrados y plenamente despierta empecé a ver todo un poco más claro, me ví tumbaba en la cama, dando la espalda al techo, aferrándome a una suavidad blanca complétamente inerte que lejos de acompañar, adorna la soledad. Me ví pequeñísima y con infinitas ganas de salir corriendo sin rumbo, conmigo de la mano a descubrir la razón de un desvelo que promovería tal vez una sonrisa a media mañana, tal vez un cansancio duradero. Poco importaba.
Supongo que me cansé de tener los ojos cerrados y clasificar los sonidos que morían antes de nacer, así que, un poco más tarde de lo habitual desperté para quedarme en el invierno. Al salir de casa mi invierno estaba donde lo había dejado la noche anterior. La misma calle húmeda sin vecinos madrugadores, el mismo árbol de la esquina que aunque no me corta el paso me gusta rodear. A lo lejos, dos deportistas con mallas. Sonrío relacionando “transparente” y “ajustado”.
…un día más, uno menos después de todo.
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