Hoy me desperté a toda prisa saboreando la lentitud de ayer.
Tenía seminario a las 9, sin embargo, eran las 8 y estaba jugando con el vaho pseudo tabaquero que el frío creaba para hacerme reir. Jugaba al lado de la puerta por la que entraban expositores y expectadores. Ahora sé reconocerlos, los conocedores de algún tema, los especialistas, suelen entrar sin mirar a la gente, van repasando en silencio lo que van a decir aunque sólo repitan mentalmente "improvisaré", entran con una mueca de seguridad que, aunque hayan practicado por años, esconde chispitas de rubor que saben disimular. Por eso no buscan miradas, para parecer tímidos, inseguros, para darnos la oportunidad de subestimarlos antes de pisar el escenario y finalmente (Zum!) asustarnos al ver cómo cautivan el ambiente.
Los expectadores somos diferentes, vamos buscando señales, nos preparamos desde salir de casa para estar atentos a cada detalle, nos gusta percibir lo mínimo de lo ensayado, los errores de lo seguro.
El alivio es que todos somos expectadores y expositores en algún momento, vamos representando (si, si, representando) una otra vez diferentes roles, irrepetibles por únicos e irreconocibles por lo mismo. Es lo brillante de ser humano.
Casi 2 horas de discurso, pero no uno seco que moría en el aire sino uno delicioso, uno donde asentir y negar con la cabeza era fácil y casi inevitable.
Me gusta sentarme cerca del escenario. Somos pocos, la mayoría o va al fondo donde es imposible ser observado y a la vez concentrarse, o en el medio donde te distraen algunos movimientos pero gozas de la continua mirada del experto erguido.
La verdad, no sé cómo, pero cuando alistaba las cosas para salir, sentí un codo en mi codo y al girar todos me miraban, el erguido se inclinaba al vacío y mostraba sus dientes a mi cara.
"Escuchad a", dijo el hombre con gafas que permanecía sentado en la mesa de honor (menudo nombre! mesa de honor. ¿Acaso hay alguna mesa de deshonor? y de existir, ¿alguien tendría tanto valor para sentarse en ella? y si lo hiciera, ¿su valor no sería una cachetada para la etimología que nombra esa mesa?) tenía poco pelo y se lo repeinaba cada vez que podía, más o menos cada dos minutos sí y cada otros dos, también.
En el segundo que todos esperan oír mi nombre, millones de pensamientos pasaron bailando polca por mi cabeza.
Pensé en decir mi segundo nombre ya que pocos pronuncian bien mi favorito (Friolera, Frijolera, Friela, Frorela) , si me invitaran a subir qué debería hacer ya que no había preparado nada, tal vez subiría las escaleras sin mirar a nadie, repitiéndome en silencio "improvisaré", debería mirar al horizonte donde seguro estarían los ojos de los que se sientan al medio, dejaría mi bolso al lado del chico que con su codo tocó mi codo pero antes debería esconder mi libro de turno, si, no me gusta que sepan lo que leo, debería hablar despacio para que no se aburran pero tampoco tan de prisa, odiaría converirme en música de fondo de ojos en blanco. Sonreiría para mostrarme segura, pero tampoco tanto que me vea superficial, terminaría mi espontánea charla con alguna frase brillante, pero no tan brillante como una cita porque parecería una estudiosa compulsiva. Sí eso haría.
"Fiorella"
Como bien predije me invitaron a subir. "Contar la experiencia", le llaman.
Eso sí, pese a todo pronóstico, no pensé en las cuestiones que me había hecho minutos antes, simplemente me dejé ser, estar y parecer. ¡Qué rico! Ser, estar y parecer delante de desconocidos con los que te une algo. Apenas algo circunstancial pero admiran lo que dices aunque lo digas con códigos diferentes o en tono de voz diferente, diferente acento (como tó'n la vida) o diferentes formas.
Todo ese cúmulo de ideas y preocupaciones no me valieron más que para reconocer lo simple que es la vida si nos dejamos llevar. Listos. Preparados. Con una previa idea del tema. Pequeña, pequeñísima noción.
¿Y si en todos los campos funciona así? ¿y si sobre pensar y analizar las cosas sólo arranca carcajadas en los erguidos?
Muchas preguntas para tanta certeza, demasiadas ganas para tan poco espacio, pero mucho, muchísimo espacio que aún me separa de la parte que más extraño. Mi otra, diferente e idéntica parte.
"Ja vorem", fue lo último que oyeron.
"Vá por tí" fue lo último que dije.